Autoentrevista, 1ª parte

¡Heme aquí! Yo conmigo mismo, clavando los dedos en las teclas del ordenador sobremesa con el objetivo de auto entrevistarme. Suena vanidoso, ¿verdad?, pero tiene su explicación: el día 23 de abril tendré, ¡por fin!, la ocasión de compartir la experiencia narrativa con los lectores.

Mi abuela hubiera dicho «¡si Dios quiere!». Ahora tendríamos que añadir «¡o si el COVID nos deja!».

Aquí estoy, organizando las ideas. Entre clic y clic, me detengo para cruzar los dedos cuando pienso en la palabra «fase» y en números que van del 1 al 4. Después de implorar al techo, sigo tecleando con renovado entusiasmo.

Me resulta más complicado pensar las preguntas. Sería más fácil si alguien me hiciera hablar. ¡Ay! ¡Entonces sí que no me iba a callar! Pero de momento estoy conmigo mismo y he llegado a la siguiente conclusión como punto de partida: «soy un escritor novel», pienso, por no decir un «novato». Continuo: «con escasa experiencia en la edición, con errores y aciertos desequilibrados»:

―¿Qué le llevó a empezar a escribir? ―comienzo.

―Buena pregunta ―me digo con fingida sorpresa (¡como si no lo supiera!)―. Esa respuesta me la sé. ―respondo―: siempre ha existido eso que llaman un «gusanito». Creo que lo he dejado crecer mucho durante demasiado tiempo. Me ponía excusas del estilo «no sé qué escribir… Mañana… Mejor cuando me jubile». Pero el 14 de marzo de 2020 (en mi caso) me encerraron en casa de manera «indefinida».

El entrevistador me mira. Creo que le ha parecido un típico tópico. No le hago caso. Cogí el atajo. ¿Qué le digo? ¿Anhelo?, ¿deseo?, ¿inspiración?. ¡Si da igual! Me quedo con el gusanillo y lo dejo como está. ¡Hala!

―Deduzco que el confinamiento fue una especie de empujón. ¿Lo esperaba? ¿Es así?

―No es mala deducción ―vuelvo al hilo de la autoentrevista―. No lo esperaba, como tampoco lo esperaba nadie en el mundo, supongo. La vida se detuvo en muchos aspectos. De repente dejé de hacer cientos de kilómetros. Las aficiones quedaron suspendidas, las actividades extraescolares también… Todo el tiempo invertido en este ir y venir quedó a mi disposición.

―¿Mucho tiempo?

―Caí en la cuenta de que empleaba muchas horas al día. No horas fútiles, pero sí demasiadas en esa parte de la vida que podemos definir como «la logística».

―Dice la Real Academia de la Lengua que es el «conjunto de medios y métodos necesarios para llevar a cabo la organización de una empresa o de un servicio, especialmente de distribución». (No les miento, lectores, lo copié y pegué del diccionario. ¡Mea culpa!)

―Exacto. Invertimos buena parte de nuestra vida en organizar la otra parte. Quien come tiene que cocinar, quien cocina, tiene que abastecerse de ingredientes y de la energía (gas, en mi caso). Luego hay que recoger la mesa, fregar los platos, lavar el delantal, secarlo. ¿Y a quién no se le rompe un vaso? Habrá que reponerlo, ¿no?

―Ahora que lo pienso, tiene usted razón. Entonces, reducido el tiempo de «la logística», como dice, lo reinvirtió en escribir ―casi me doy por respondido en esta afirmación. Amplié la respuesta:

―Llegó un día en el que me senté a redactar una historia inspirada en mi infancia. Me centré en un grupo de amigos de la misma generación y esbocé la idea de relatar a mis hijos qué hubiera pasado si nos hubiéramos metido en tantos líos.

―Comenzó a fraguarse Las aventuras de Sebastián. ¿Verdad?

―Sí. Me sentaba cada noche frente al ordenador portátil. Mi hija se colocaba a mi lado. Ella observaba la pantalla curiosa. Las escenas se iban creando ante su atenta mirada. Tracé un plan para generarle intriga y la necesidad de seguir leyendo.

―Fue la lectora cero ―presumo.

―Mejor ―me corrijo―, fue la testigo cero. Pero además hizo un gran papel como correctora. A veces me equivocaba de personaje y ella lo subsanaba: «No es Mono, papá. Es Carmelo, el que antes mencionaste».

―Entonces, también fue la correctora cero.

―Me ayudó mucho. Pensé que, si lograba que ella se hiciera una imagen de las escenas, lograría transmitirlas a otros lectores. Ella no asistió al final de la obra. La dejé con la intriga. Hice un esfuerzo por acabarla a sus espaldas y dejar que leyera el resultado.

―¿Cómo lo valoró?

―Se sorprendió. Fue muy emotiva. No le gustó el giro que dieron algunos personajes y situaciones y tuve que prometerle que todo saldría bien.

―Sé que no se puede hablar del final porque se pierde la intriga, pero, ¿es triste?

―No quiero hablar del final, pero puedo afirmar que es muy equilibrado. Con la literatura tienes que tocar las emociones, sin duda. Si no lo logras, estás perdido.

Continuará…

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